Prehistoria y Vestigios de la Ubicación

Capítulo I

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Cuevas y más cuevas yacen ocultas y silentes en este territorio costero de la Cantabria más ancestral trazadas a merced de los caprichosos designios de las húmedas y zigzagueantes galerías, hace miles de años. Se dibuja una red viaria cual mágica encrucijada de resbaladizos y angostos caminos acotando, entre la oscuridad de los senderos, todo un complejo mapa cavernícola en constante estado de observación e interpretación y, con la puerta abierta, pendientes cualquier día de volvernos a encontrar una nueva oquedad.

Prados, montes y valles, dándose de morros con una explosiva y accidentada Costa Quebrada, decoran y enmarcan la silueta paisajística de estos contornos hasta el mismo borde de los abruptos acantilados varados en el barranco que, teniendo por testigos emergentes islotes, fallas y rocas brotando del agua, no perdona la erosiva embestida de la ola descargando semejante furia contra la verticalidad de la pared del precipicio y, sin tener nada que decir ni moverse del lugar, estoicamente aguantando al ir perdiendo la batalla ante la embestida de un mar atacante, soltando la ira espumosa y el quejido estruendoso durante las noches de vendaval.

Asentados en el más absoluto e inimaginable de los mundos furtivos, veintidós kilómetros cuadrados es toda la circunscripción que va configurar el hábitat prehistórico por dónde, invisiblemente impasibles y envueltos en un manto de misterio en el que tal vez, vete a saber, algunas veredas, ni de pie ni de rodillas ni a gatas, nunca fueron transitadas y, con unas capas y a unos metros más arriba, forradas en cuán milenaria púrpura acicalada de tan impensable y arcano pasado recubiertas de aquella corteza, fértil sustrato y sustento de una ondulante botánica arbórea mirando al cielo y, con finos y alargados pigmentos salidos de sin igual vegetación, coloreada de toda la variopinta gama de verdes norteños, primer e imborrable color matriz que, desde la cuna y mientras se tiene vida, a nadie nacido en este término se le puede olvidar.

Completando, de sur a norte, el perímetro en estudio a través del paraje combinado de costa, llanos y laderas encapsuladas al albur de la desembocadura de dos ríos, desde que nacen en las cúspides nevadas y arrancan la andadura entre los collados y camberas, bajando con un curso acuático desigual y, a medida que la corriente va esparciendo el líquido elemento por los piélagos del camino dando vida a las fuentes encontradas durante el descenso y regando las fértiles mieses apostadas en las orillas, hasta alcanzar, con su lento caminar, el trance final, preparando la despedida y haciéndose los remolones en forma de eses; antes de decir el adiós definitivo, van sosegando sus cauces en los respectivos deltas del Pas y Besaya y, para siempre, hacerse a las aguas de un mar citado con el distintivo de una cordillera: Mar Cantábrico.

No toda la lluvia caída del cielo seguirá las misma ruta completando ese ciclo atmosférico inaugurado en los macizos y clausurado en el tempestuoso gigante marino. Otra, ligeramente ácida y desde hace millones de años, se filtrará a través de la tierra arcillosa colándose entre las grietas de la superficie terrestre y, adjunto a una combinación de factores físicos y químicos, a su paso, va disolviendo la roca caliza que encuentra en la caída formando, en el delirio mágico de estos sin luz y húmedos recintos, otro mundo lóbrego, soporte del legado existencial de la evolución y permanente patrimonio de extraordinario e incalculable valor ecológico...................

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