Reveindicación Feminista en la Costa (1517)

Capítulo XIV

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La Cantabria cismontana pegada a la mar, desde los romanos para suerte de las costumbres paganas, estará olvidada por las sucesivas culturas decididas a permanecer en un suelo con un clima más benigno y, vigilantes desde la Peña de Amaya, no van a perder de vista los tráficos de la meseta y sus riquezas trigueñas; en la costa, al contrario que en el interior, alejados del poder e instalados en las tradiciones y costumbres se evidencia, a la hora de cumplir las reglas dictadas e impuestas desde la distancia, una relajación en el cumplimiento de los mandatos cívico religiosos.

La mujer de La Onor, bajo la influencia de la moda mozárabe, adorna sus ropajes con alegres y vistosos colores suspendidos coyunturalmente en los duelos familiares con jerarquía cromática, que va desde el negro de los primeros años del luto, costumbre vigente desde Carlos V, relevando al blanco de la pureza instaurado por los Cónsules Imperiales, cambiando el monarca la tendencia del tinte para sobrellevar el duelo de su viudez y entristecido óbito de su prima, a la que tanto amó, Isabel de Portugal.

Tras esa primera fase de aflicción en transición hacia la normalidad de los pigmentos, hay un periodo intermedio de alivio apoyado en el crema y, sí en ese periodo conclusivo no surge un nuevo deceso familiar hasta el segundo grado de consanguinidad, se recupera la libertad de movimientos y asistencia al ocio y los ritos sociales con el color natural de los atuendos y vestimentas cotidianas. En esos siglos, antes y después del modernismo, la cabellera femenina se cubría con una amplia y vistosa pañoleta con los picos hacia arriba, portando en el resto del cuerpo delantal, escarpines y albarcas, saya azul amarilla a media pierna sobre refajo rojo, corpiño y, salvo días especiales y fiestas de guardar, en todo aquel alejado pasado durante los días de semana, por aquí, se andaba con los pies descalzos.

Si la moda, notándose la influencia marinera, vestía a los hombres con bayeta amarilla y pantalones abombados, la mujer casada, a diferencia de la soltera que llevaba la cabeza rapada con unos tirabuzones que le caían colgando por la frente -mozas en pelo -, tapaba su cabeza ocultando su cabello con los caramiellos, unos siete metros de lino acreditado en las dotes casaderas. Singular y, por los picores capilares originados durante los calores estivales, molesta prenda enrollada en la testa marcada por la verticalidad del acabado fálico y, distinto al de la viuda, con el cucurucho caído las que habían perdido al marido. Había despegado la Edad Moderna, sucediendo importantes y transcendentales acontecimientos que cambiarán el rumbo de la historia y, tras la muerte del Rey Católico a los 63 años, Fernando de Aragón, se presentó en la sucesión una buena papeleta cuestionando la inestabilidad mental de la heredera, su hija Juana I de Castilla, recluida en el Monasterio Santa Clara, de Tordesillas, pasando la corona, a renglón seguido, a su nieto, Carlos, hijo de la confinada. Un año y medio después del deceso, trascurre la Intendencia Real movilizando el traslado por mar, del Príncipe de Asturias y su augustos acompañantes, desde que sucede el óbito del Rey viudo hasta, el orto con los primeros rayos del día 8 de septiembre de 1517, la arribada del sucesor al trono por la bocana de Tina Mayor. .............................

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